"La mentira más común es aquella con la que un hombre se engaña a sí mismo. Engañar a los demás es un defecto relativamente vano." - Nietzsche.
   
  REVISTA CULTURAL DE SAENZ PEŅA
  ALGUNOS DE MIS CUENTOS
 




-EL CRACK-

El Crack

 

 

  La estrella extraordinariamente brillaba como si era la única en todo el universo y,  curiosamente, todo me era muy extraño. El crack, esas noches iluminado por Venus, mostraba lo mejor de si. No corría… se dejaba deslizar como entre las tenues nubes de la noche y parecía no ver los rivales, quizás vería a los Olmecas y la cabeza rodando por la sangre de una estrella que guiaba a los jugadores hacia lo que era el fin, una pelota dominada dibujando el aire en pronunciadas curvas y torciendo su destino incierto.

 

   El crack y su mirada recta con Venus, sus músculos tensos, el sentido del fútbol cósmico intacto a punto de convertirse en Dios. Eso era lo pasaba solamente en esas noches donde la misteriosa estrella brillaba. Esas son las noches las que extrañamos en mi pueblo, en este mi pueblo donde hoy los jugadores huelen a tabaco y a vino barato, donde siempre acaecieron cosas extraordinarias que ya no suceden más.

   El patio del inquilinato nos servía de mirador a mis padres, mi hermana y a mí, recostados sobre el tejido que daba a la vereda y, con miedo, mirábamos la escena. Sucesos que se veían a menudo en el país por esos tiempos. El camión militar se estacionó en casa de los Comiso y rápidamente media docena de soldados fuertemente armados bajaron y rodearon la casa. Entre los rombos del tejido, mis ojos de niño no comprendían esas imágenes de la realidad, después mi padre me explicó que Don Comiso era peronista y en el ambiente flotaba la palabra extremista.

  Mi madre, esa tarde, quemó unos diarios comunistas de papá y le decía furiosa:

-¡La próxima vez que lo vea a Vitalio lo saco cagando de acá!

-¡No quiero ver más estos papeles de mierda, así que avisale ya que no te traiga ni una sola hoja, mirá si nos llevan a los dos! ¿Y los chicos?

   Y si, mi madre tenía ese carácter. Mi padre solo escuchaba ocultando su orgullo en balbuceos tratando de disculparse.

  En frente de los Comiso estaba la plaza y en la calle que daba al sur vivían los Alfonso, en un teatro muy viejo que de vez en cuando funcionaba. Pipo Virulana y Mariela, hijos de los Alfonso eran nuestros amigos. Bueno, Pipo no tanto porque de vez en cuando me daba unos coscorrones y éramos de la misma edad. Con el que me llevaba bien era con el Viru que a veces hasta me defendía de las garras de su hermano; él era el mayor.

  Increíble Don Comiso, como en las películas, salía con las manos en alto y los soldados con culatazos de las armas lo empujaban al camión. El barrio era un silencio atroz y los vecinos en mutismo absoluto, y con decir más, que hasta me pareció ver desde lejos al Viru temblar de miedo. Jamás lo vi dudar y menos tener miedo.

 

 

  Mis padres alquilaban una casita muy humilde que daba al este de la placita, y a treinta metros de nuestra casa vivía Paruzo, por la misma cuadra. Era el goleador del equipo del Club Sportivo; alto, apuesto, pelilargo y muy buena persona. Viru y yo éramos como sus hijos, A Viru, Paruzo lo llevó a las inferiores por que era la promesa del balompié de la ciudad y yo podría cortar el césped de la cancha solamente.

 

  Casi todos los días la pasábamos en la cancha con Viru, él, especialmente porque Paruzo le consiguió un trabajito como canchero, marcaba la cancha antes de los partidos, cortaba el pasto y yo le ayudaba.

 

 

  A sus diecisiete años, Viru lo que más quería era jugar al fútbol y era muy bueno. Era inteligente, tenía velocidad, gambeta y era cabeceador, completísimo. Y el legendario Paruzo era su mejor maestro y ejemplo que, años mas tarde terminó su carrera jugando en Tigre de Buenos Aires.

 

  Al otro día, el barrio estaba calmado. La familia Comiso estaba conmocionada, y a mí no me importaba, Solo quería ir al club porque el fin de semana el Viru debutaba en primera y ya me lo imaginaba a mi amigo con la camiseta blanca y celeste como la de la selección, entrando, persignándose con los Fulvence bien firmes, decidido, encarando a la gringada de Unión de Pampa Alegría, y a ver como lo para el caballo ese del número seis, ese tal Trnka que lo único que sabe es vender leche. O a los hermanos Balbuena que eran pechitos duros, o los Moreno que lo único que hacen es picar carne. Había que pasar a los gringos, eran jodidos.

  Cuando llegué, Viru estaba limpiando los baños.

 –vamos a hacer unos penales; le dije

-Dejá de romper las bolas; me contestó

-Eh, loco el domingo hay que pasarle por arriba a los gringos.

-Andá a lustrá la pelota de madera; me gritó.

Tomé un trapo y me dirigí al mástil donde la vieja pelota de madera, celeste y blanca, brillaba reluciente, recién pintada. El Viru caminaba hacia mí con la pala de punta en su mano.

 – ¿Vas a marcar la cancha? ¡Pero el partido es el domingo!

-Sentate cabezón y escuchá; me dijo muy triste.

  Sentados en el borde de la cancha, me contó lo que le pasaba. Que muy pronto le llegaría el telegrama para presentarse a la revisación médica para hacer la colimba.

-Pero es un año nomás Viru, le dije tratando de alentarlo.

-Si pero recién voy a debutar en primera y vos viste lo de los Comiso. Es seria la cosa, no sé si voy a volver y las cosas que se ven por la tele.

  Estaba muy preocupado y en los días siguientes casi ni hablaba. Cumplía sus tareas y entrenaba sin ganas y desconcentrado. Yo estaba muy preocupado y a menudo lo alentaba pero no me hacía caso y tampoco me hablaba. Lo observaba y a medida que se acercaba el domingo para el partido no había señales de que cambiara la actitud.

Entre los tablones de la tribuna visitante, protegiéndome del sol de la tarde chaqueña, no le quitaba los  ojos de encima al Viru. La vista fija en la pala que bajaba y subía, marcando la cancha que encendía nuestras pasiones, que representaba a toda la ciudad, el estadio más grande del interior y que el sabía que toda esa gente esperaba que él llevara al club la gloria futbolística. Seguramente él estaría pensando lo mismo, pero el miedo hostigaba el brillo en sus ojos y en mi siesta mental no me dí cuenta de la fatalidad del momento. ¿Por qué estaba trabajando descalzo si siempre lo hacía con las Flechas azules?  No supe captarlo.

  Cuando escuché el ruido del dedo del pie cortarse con el enorme filo de la pala, pegué un grito más fuerte que la esposa de Comiso ese fatídico día, y el estadio se me derrumbó.

  El encargado del club, urgente, lo llevó al Viru chorreando de sangre, esa sangre de crack, de estrella de siempre, de los primeros lugares. El Viru era la esperanza del barrio de la ciudad del interior, sucesor  del famoso Paruso y otras glorias del deporte local. No lo podía creer y encima se venía el clásico con Unión de  Pampa Alegría.

– ¡No puede ser!

  Mariela me recibió en su casa al día siguiente y me dijo:

 –¡Qué mala pata el Viru ché!

Don Alfonso decía.

 – ¡Qué accidente de mierda… justo antes del partido ché y encima dos dedos!

  Pero yo sabía que no fue un accidente, y me lo confirmó una pequeña sonrisa del Viru quien hablándome silenciosamente, me dijo

 –Me salvo de la colimba, seguro.

Me quedé sin palabras. No lo podía creer.

  Don Alfonso fue a atender al cartero que golpeaba furiosamente, mientras yo miraba al Viru sin poder creer lo que me dijo.

  El sobre era para el Viru.

  Era un telegrama del Ejército Argentino con un membrete del escudo nacional. El viejo Alfonso un hombre muy serio mirando curiosamente el telegrama, se puso los lentes y leyó detenidamente y cuando acabó de leer alzó lentamente la vista y dejo escapar una leve sonrisa, entre alegría y desconcierto. Dirigiéndose al accidentado Viru le grito:

-¡Te salvaste de la colimba Viru, te tocó número bajo!

  El Viru no sonrió más.-

 

 

 

 

 

 

ERNESTO LUQUE

 

 



-MIS CUENTOS-

UN DIA SIN FIN, UNA PLAZA CUALQUIERA, UN HOMBRE COMUN, UNA MUJER.



UN DIA SIN FIN

El día no terminaba nunca, la tarde se había instalado por completo en mi vida.                                                                                 Cuando la vi caminando por la inmensa plaza, con su pollerita corta entablillada, esas que al caminar se expande y luego se contraen, un par de botas cortas color crema, Haciendo juego con un pañuelo de seda que llevaba atado a su cuello, al verla me trajeron recuerdos de un amor lejano en mi vida, siguió caminando y yo me quede ensimismado en mis recuerdos inmóvil sin querer hacer un movimiento para que los mismos no se borren porque en ese momento me eran muy gratos, me desperté de mi sopor de memorias al sentir el perfume que ella dejo y acaparo toda mi atención, quise alcanzarla con la mirada y no la vi mas. Me incorpore del rustico banco de madera de la solitaria plaza como queriendo buscar a mi amor perdido. Pero ya no estaba mas, solo su perfume que inquietaba mis recuerdos, y sintiéndome un tonto seguí leyendo, o intentar leyendo porque no lograba concentrarme.

  Aun recuerdo sus caricias, su compañía constante, el estar pendiente de lo que yo hacia y lo que mas recuerdo es haberla perdido por un tonto amorío con una de sus amigas. Siempre serás mi amor me decía ella, pero a pesar de sus palabras jamás volví a verla. A menudo me parecía verla en los rostros de las mujeres del lugar. Su piel muy fina, la nariz delgada y puntiaguda sus ojos grandes y marrones transparentes, su boca, su boca…  inmensa y de labios finos del color de la frutilla, que sus besos despedían.

Me incorpore me sacudí los hermosos recuerdos que no se querían soltar, y camine hacia mi casa. Los caminos de la plaza, bordados de jóvenes pinos y viejos lapachos formaban diagonales y largas curvas y de tanto en tanto los rústicos bancos de madera se aparecían, y casi llegando al final estaba ella sentada cruzando las piernas, concentrada leyendo las hojas de de los pinos y las extrañas flores de los lapachos, distraída. Camine directo hacia ella y le dije balbuceando ­-  ¡Margarita¡

  Ella no contesto de inmediato, y mostrando su inmensa sonrisa me dijo-no, soy Irene.

Se corrió como diciéndome sentáte, y lo hice mirándola constantemente.

No sabía como decirle que la conocía y que la seguía queriendo y abrazarla, besar su boca con sabor a frutilla. Pero parecía no ser ella. Después de veinte años la mente y los sentimientos me confundían.

Un solitario como yo, después de tanto tiempo no sabe tratar a una mujer y lo único que pude decir fue – ¿tomamos un café?

Ella muy simpática sonrió, se incorporo, me tomo de la mano, cruzamos la calle y entramos al bar. El día todavía tenía mucha vida, mucho color a pesar que empezaba el otoño.

  Charlamos de sus cosas, de la luz de sus días de sus botas color crema de su boca de frutilla, ah y también de mis oscuros días. Un café, masitas y el néctar de sus ojos divinos, cual tórtolas enamorados nos miramos y bebimos el licor del amor de un sorbo y embriagados miramos por la ventana como caía la tarde.

  Irene sonreía y yo explotaba en desconocidas carcajadas cuando entramos a mi casa. Sorprendida y abrumada por el colchón de poesías que yo le leía, mientras comía reía, mientras tomaba, besaba, y los besos eran uno y yo era el besado y el que besaba, su fruta fresca era besada y a la vez besaba. Y así recorrí su cuerpo a besos y sus botas crema cayeron y también su pañuelo y su pollera entablillada. Y el día no terminaba.

  ¡Irene¡ dije al despertar, y no quería abrir los ojos, pero el sol de la mañana, ábrelos me decían. Y ella ya no estaba.

  “Irene”, terminaba la nota. “Para que el día nunca termine”, rezaba la nota.

  Hoy. Los poemas se escriben solos en el banco de esa inmensa plaza, el poeta espera otro día sin fin cada año. Y ella vendrá con otro nombre y su sonrisa con olor a fruta fresca y besará al amor que nunca olvidó.

 

 

 

 

 

 

ERNESTO LUQUE

 

 

 





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